Con la consigna central de la campaña “¡Cuidado! El machismo mata” del 2025, desde la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres buscamos recordar una verdad tan incómoda como urgente: la ultraderecha, en Chile y en el mundo, no solo representa una amenaza abstracta, sino que despliega proyectos políticos concretos que atentan contra las mujeres y disidencias sexo-genéricas. Su estrategia es clara: instalar el miedo, promover el control sobre nuestros cuerpos, naturalizar la violencia y deslegitimar las luchas feministas.
El feminismo, en cambio, ha demostrado que su acción política —desde el voto, hasta la educación, la interrupción voluntaria del embarazo o las leyes de protección contra la violencia— es producto de una resistencia colectiva que no podemos dar por sentada. Allí donde la ultraderecha promete “orden”, lo que en realidad ofrece es sumisión; donde habla de “familia”, lo que esconde es el reforzamiento de jerarquías patriarcales y el silenciamiento de múltiples formas de violencia.
Por eso necesitamos una respuesta feminista y antifascista que no solo reaccione, sino que ponga sus propios temas en el centro. El feminismo ya ha demostrado que puede conquistar derechos y transformar sociedades; ahora el desafío es sostener y ampliar esos logros frente a una extrema derecha que, bajo formas renovadas, mantiene intacta su ideología retrógrada de desigualdad.
Los discursos de odio —o como señala Judith Goetz, ideologías de desigualdad— muestran patrones universales que se combinan con adaptaciones locales. Se nutren de la polarización, el alarmismo moral y la estigmatización de minorías para crear enemigos y fomentar miedos. Y, al mismo tiempo, se camuflan en los contextos regionales, aprovechando miedos específicos y particularidades culturales.
Con el antifeminismo ocurre lo mismo: lo que en el fondo es un proyecto global contra la autonomía de mujeres y disidencias, en muchos países se disfraza como una supuesta lucha “local” contra el imperialismo occidental. Esa doble dinámica —global y local— refuerza la capacidad de la ultraderecha de instalar agenda, manipular emociones y normalizar la violencia.
Sobre la retórica antifeminista
El antifeminismo puede entenderse como una ideología que se opone tanto al feminismo como proyecto político, como a demandas feministas específicas. La justificación habitual generalmente deviene desde perspectivas religiosas, científicas o políticas, haciendo referencia al orden divino, el orden secular, la historia, la tradición, la biología y otros aspectos.
Estos discursos también se han modernizado, ya no se dirigen únicamente a la defensa de los hombres, también se articula en torno a la idea de la familia, acusando a las feministas de ser sus enemigas o de atentar contra estas.
Esta retórica de supuesta defensa familiar no solo reconfigura el antifeminismo, sino que también crea un marco ideológico atractivo para mujeres que, paradójicamente, ven en estas estructuras un espacio para ejercer poder, obviando la instrumentalización de estos grupos sobre sus cuerpos.
Este recurso retórico suele presentarse como algo “positivo” o “protector”, cuando en realidad atenta los avances feministas. Lo complejo es que este discurso no solo convence a hombres, sino que también atrae a mujeres. ¿Cómo pasa esto?
Estas mujeres encuentran en los grupos antifeministas un lugar para ejercer cierto poder: pueden dirigir organizaciones, ser voceras públicas o tener visibilidad social que quizá no encuentran en otros espacios.
Sin embargo, ese “poder” está limitado: se sostiene a costa de aceptar normas patriarcales que controlan sus cuerpos y decisiones (por ejemplo, promoviendo la maternidad como parte del “ser mujer”, o rechazando el derecho al aborto). En la práctica, son cuerpos instrumentales: se les otorga protagonismo mientras sirvan para reforzar la idea de “inclusión y valores de igualdad”.
Otro ejemplo, son los grupos que promueven la “defensa de la vida y la familia”, los que suelen tener a mujeres como rostros visibles en campañas contra el aborto o la educación sexual. Estas mujeres aparecen como lideresas, pero lo que defienden termina por limitar sus propias libertades.
El discurso e ideología de la que hablamos
Un rasgo distintivo de este sector es la desenfrenada facilidad con la que los grupos de extrema derecha exhiben su carácter autoritario, xenófobo y misógino. Utilizan un lenguaje que resulta escalofriante y activa nuestras alertas, pues reconocemos que los mecanismos de manipulación que buscan desplegar entre las personas son los mismos que, en su momento, nutrieron el sustento ideológico del nazismo. Esta constatación no sólo nos invita a la memoria crítica y reflexiva, sino que nos hace comprender que este es el momento en cual debemos activar medidas capaces de neutralizar la amenaza y evitar que el desastre se repita.
El actual proceso de modernización de la extrema derecha a nivel global se presenta bajo una retórica de rebeldía —aunque no en el sentido emancipador—. En realidad, esta supuesta rebeldía se articula como una reacción contra los avances sociales alcanzados en las últimas décadas. Así, estos movimientos no se levantan contra el poder establecido en clave transformadora, sino que rechazan de manera frontal las conquistas feministas, antirracistas y otras luchas, configurando un proyecto político que busca restaurar jerarquías históricas bajo un nuevo envoltorio discursivo.
¿Por qué estas narrativas son atractivas para ciertos sectores juveniles?
No se trata de afirmar que todas las juventudes se ven atraídas por estos discursos. Las trayectorias juveniles son diversas y no responden de manera uniforme a las mismas narrativas. Sin embargo, hay sectores específicos en los que estas estrategias encuentran terreno fértil.
En este sentido, podemos observar a nivel global cómo la ultraderecha logra seducir a ciertos grupos jóvenes explotando frustraciones y vacíos identitarios. Su herramienta más eficaz han sido los discursos de odio, entre ellos el antifeminismo, al que reviste con la nostalgia de un pasado absurdamente idealizado. Frente a la complejidad de las crisis actuales —precarización, desigualdades, exclusión, inseguridad—ofrece respuestas frágiles e ilusiones.
Este recurso a la nostalgia no es casual, se trata de una estrategia política, donde se invoca un “ayer” ficticio que promete certezas frente al desconcierto del presente. Ese pasado, sin embargo, nunca existió como lo narran, es una construcción ideológica que presenta a la familia, la nación, la autoridad, el orden y la prosperidad en clave patriarcal, como pilares “naturales” que habrían sido erosionados por los feminismos y las luchas sociales.
Lamentablemente, estos discursos calan hondo porque dialogan con los temores de sectores que enfrentan precariedad, incertidumbre e inseguridad cotidiana, atravesados además por un ideal neoliberal de éxito individual.
Precisamente, son estas narrativas contemporáneas las que buscan deslegitimar a los feminismos mediante la creación de estereotipos negativos, especialmente en redes sociales, donde circulan en forma de memes y vídeos cortos. Estos contenidos fortalecen su vínculo con ciertos sectores juveniles y contribuyen a normalizar la desigualdad y la violencia, a través del humor, la ironía y los discursos misóginos.
El antifeminismo se configura como un aliado estratégico para movilizar adhesiones y desviar la atención de las barbaries propias de la política de ultraderecha. De este modo, no solo funciona como un canal de expresión del malestar juvenil, sino que también actúa como puerta de entrada a un entramado de prácticas, discursos y estrategias de crueldad.
La ultraderecha quita derechos
Bajo un discurso que se presenta como defensa de la tradición, del orden y de la seguridad, el proyecto político de la ultraderecha descansa en la negación de la igualdad y derechos sustantivos. Es una estrategia orientada a consolidar privilegios, disciplinar cuerpos y reforzar jerarquías de género, clase y raza.
Cada vez que accede a espacios de poder, sus primeras ofensivas se dirigen contra los cuerpos y las vidas de mujeres y disidencias sexo-genéricas. En el terreno de los derechos laborales, promueve la precarización, debilita a los sindicatos y desmantela conquistas históricas de la clase trabajadora. En los derechos sexuales y reproductivos, busca revertir avances como el aborto legal, además de restringir el acceso a la anticoncepción y a la educación sexual integral. En cuanto a los derechos de las diversidades sexuales y de género, niega el reconocimiento de identidades disidentes, cuestiona políticas de inclusión y alimenta la violencia social contra estas comunidades. En el ámbito de los derechos de las personas migrantes, impulsa leyes y discursos que criminalizan la movilidad humana y el desplazamiento forzado, fomentando el racismo institucional y social. En el plano de los derechos democráticos, erosiona las libertades civiles al atacar la protesta social, el pluralismo político y la participación ciudadana.
No se trata de hechos aislados, sino de un patrón global que pretende reinstalar un orden patriarcal sostenido en la obediencia y el control. Detrás de la promesa de soluciones, lo que realmente se despliega es un retroceso democrático que silencia y clausura. En su lógica, la desigualdad no es un problema a superar, sino una condición necesaria para preservar el poder.
América Latina conoce bien las consecuencias de estos proyectos autoritarios. Sin ir más lejos, las dictaduras del siglo XX demostraron que, bajo la retórica del orden y la patria, se justificaron violaciones sistemáticas a los derechos humanos, la persecución política, la censura y la desaparición de miles de personas. Aquellos regímenes también impusieron un modelo económico neoliberal que agudizó desigualdades y subordinó la vida al mercado, afectando de manera particular a mujeres, disidencias sexo-génericas, pueblos originarios, sectores populares y personas tanto migrantes como desplazadas.
No olvidemos que en Chile vivimos una dictadura militar. Recordarlo no es un ejercicio de nostalgia, sino un acto político de resistencia frente a los intentos de negacionismo y relativización que hoy resurgen con fuerza. Ese horror nos recuerda que toda sociedad necesita un mínimo común, un piso ético que no puede ponerse en duda ni subordinarse a intereses de poder. No solo por lo que representa en relación con el pasado, sino también por lo que proyecta hacia el futuro: la garantía de que nunca más se repitan prácticas de violencia, autoritarismo y negación de la dignidad humana.
Por Nicole Herrera Farfán, activista feminista e integrante de la Coordinación Nacional de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres.