
La ministra del Sernam anuncia que la
‘guerra de los sexos’ queda atrás y que desde este momento a nivel
gubernamental, todos los esfuerzos estarán orientados, más que a
enfrentar a un sexo contra el otro –lo que habría sido la postura del
Sernam de la Concertación (¿?)- , a trabajar en conjunto hacia una misma dirección (El Mercurio 21/06/10).
Por mucho que tal proclama suene a cliché rosa ultra manido, y a
cierta frase de póster ochentero, es interesante analizar qué
argumentos subyacen a tal declaración y dónde se asienta el espíritu
que permite sostenerla y que genera una cierta sospecha y alarma en
nuestros oídos.
En primer lugar, se habla del enfrentamiento entre los sexos como si
fuera una estrategia mal planificada y poco astuta de parte de las
mujeres que la han sostenido, una estrategia por tanto posible de ser
modificada de un plumazo por un espíritu progre, como si esta
‘guerra’ escandalizara a las mujeres de hoy, como si fuera un hecho
retrógrado que sólo acontecería a otras, nunca a ellas.
Nos preguntamos qué
otros progresos nos esperan a las mujeres en esta lógica gubernamental,
¿volver a identificarnos con el lugar de la pasividad erótica? ¿Volver
a la idealización perenne del amor romántico?
Lo grave de la postura es que invisibiliza así un hecho político de
trascendencia histórica y transcultural indesmentible, la más antigua y
persistente forma de dominación entre los seres humanos, la que
acontece entre hombres y mujeres de tan variadas maneras que
desestimándolas –por ligereza o ignorancia- nunca estaremos en
condición de interrogarlas y desarmarlas. En otras palabras, detrás de
esta postura idealista, ‘buena onda’ y convenientemente
ingenua respecto a la relación entre los sexos, se olvida el problema
del poder que subyace en el mundo público y en el privado a la relación
entre los sexos, el problema del valor desigual atribuido aún hoy a
hombres y mujeres, el problema de las complejas dinámicas relacionales,
de las dependencias amorosas y económicas que operan en la pareja,
entre tantos factores que tornan este tema una cuestión fundamental.
Por otra parte, y no menos delicado, es asistir al desvanecimiento
-como foco de las políticas públicas-, de la figura central de la mujer
en tanto tal, a favor de la figura de la madre, cuestión que desde el
mundo conservador siempre ha insistido, llevando nuevamente a la mujer
a su lugar; es decir, su relación con la familia y los niños como lugar
de identificación y realización final de su subjetividad. Frente a este
hecho, nos preguntamos qué otros progresos nos esperan a las
mujeres en esta lógica gubernamental, ¿volver a identificarnos con el
lugar de la pasividad erótica? ¿Volver a la idealización perenne del
amor romántico?
Convengamos sin embargo con la ministra en que nadie quiere vivir en
guerra, nos agota, desgasta y aturde en su infructuosidad; sobre todo
sabiendo que es cierto que tanto hombres como mujeres somos prisioneros
de los mandatos culturales de género que señalan posiciones rígidas e
incómodas para la convivencia paritaria de la pareja. Aboquémonos a
trabajar entonces para interrogar las relaciones entre los géneros,
permitiéndonos no igualar demasiado rápidamente posiciones éticas
marcadas –querámoslo o no- por una dimensión política insoslayable, y
no invisibilizar tampoco las marcas en la subjetividad que el ejercicio
cotidiano del poder de género inscribe en los hombres; así como
aquellas prácticas naturalizadas, que imponen ciertas impunidades
establecidas como hábitos de vida, que las mujeres refrendamos
automáticamente, cada vez que asumimos que cambiar un pañal o hacer el
aseo es nuestro problema.
El desafío entonces para las mujeres es construir potencia de si,
crear condiciones para las libertades por venir. Por supuesto, la
cuestión se complica cuando notamos que una construcción de autonomía
político-subjetiva para las mujeres, necesita y pasa por crear las
condiciones para la deconstrucción de poder de dominio en los hombres,
entusiasmándolos con abandonar territorios ganados de los cuales gozan
habitualmente sin pudor, a favor de una conquista simbólica por llegar:
la tregua con las mujeres y el arribo al puerto del entendimiento
mutuo… (algo así como el mar para Bolivia… )
En otras palabras, queridos, esto es una guerra.