por Raquel Olea
En el contexto de una pregunta general por la política y de una más particular por las políticas feministas, o más bien por su necesidad como forma de las prácticas y el pensamiento contemporáneo, intento dilucidar alguno de los efectos de su ausencia, de su falta en el contexto de la crisis del sistema que vemos en la actualidad, la que se expresa en el levantamiento de un movimiento social fuerte, representado particularmente por el movimiento estudiantil. El escenario inaugurado por las protestas ciudadanas de los últimos meses hace necesario interrogar y pensar qué sucede real y simbólicamente en una cultura donde cada una de sus crisis o conflictos de intereses, hace emerger distintas expresiones de violencia de clase, de género, de etnia como signo de la violencia estructural que sostiene el sistema, produciendo una perversa red simbólica de estigmatizaciones, exclusiones, marginaciones y violencia real contra quienes expresan sus resistencias a las formas dominantes con que actúa el bio poder.
Violencia real y simbólica que los poderes dominantes ponen en escena, para mantener para si mismo el protagonismo de la violencia y que son las condiciones de posibilidad de su funcionamiento. Esta se justifica (desde los poderes políticos institucionales) con el discurso del resguardo del orden y la seguridad pública, que da sentido a aparatos represivos de sumisión e intervención en la protesta ciudadana, permitiéndole suprimir y estigmatizar, demonizando, prácticas políticas y discursivas fuera de ese orden. Hemos visto que la violencia toma, de este modo, dos grandes derroteros que cumplen la misma función: impedir el desarrollo de sujetos críticos radicales frente al orden y la dominación masculina capitalista: violencia simbólica para estigmatizar a las mujeres pensantes - la que tampoco descarta la violencia real - y violencia real - sustentada en el discurso - para excluir y demonizar formas de resistencia radical.
1.-Violencia sexista de los discursos cuando una mujer se vuelve sujeto de poder, ocupando el espacio de un liderazgo público, versus omisión de la palabra de las mujeres en la producción de la ley.
En el primer caso me voy a referir a Camila Vallejo quien ha sorprendido a la opinión pública con una posición y un discurso serio y rigurosamente articulado, lo que le otorga un potencial fuerte de representación ciudadana, en el segundo caso me refiero a la ausencia del discurso femenino en la discusión sobre legalización de aborto terapéutico.
Dichos sobre Camila Vallejo. “Matando la perra se acaba la leva”, “todo Chile está caliente con Camila Vallejo”, Camila Vallejo, cara endemoniada dijo el alcalde de la comuna de Providencia, mientras la portada del diario LUN anunciaba que Camila Vallejo no quiso mover la colita, después de una exitosa manifestación política en el parque O’Higgins de Santiago los últimos días del mes de agosto. Estas frases, entre otras, escritas o dichas a propósito de la líder del movimiento de estudiantes, nos obligan a pensar cómo en situaciones de crisis social, ante la emergencia de nuevos líderes y discursos, se manifiestan rasgos conservadores que dan cuenta de imaginarios sexistas de género que laten en la sociedad, con los que se expresan formas de controlar y situar la vida de las mujeres en un ámbito restringido al lugar de un cuerpo hipersexualizado (aún cuando ella no ha dado signos de construir su imagen pública con ninguna de las marcas que podrían situarla en ese lugar).
Ese lenguaje, utilizado por algunos medios de comunicación y algunas personas de influencia, da cuenta de una voluntad de minimización de la calidad de sujeto pública de las mujeres, buscando reducir su comparecencia política a su apariencia y a la sexualización de su figura, obviando su inteligencia, sus argumentos y su potencial de representación de una posición transformadora de lo social.
Esta voluntad -conciente o inconciente- de devaluar a una mujer a través de la sexualización, nos obliga a mirar el cuerpo de las mujeres como un lugar de disputa política y simbólica, entre posiciones de género más o menos sexistas; los discursos conservadores buscan a través de ello mantener sostenidamente sus formas de control y regulaciones de género (o claramente sexistas) negándoles a las mujeres o rebajando sus facultades intelectuales, racionales y políticas, es decir, ponen en escena formas de sexismo que las excluye de lo público, situando su imaginario del cuerpo de las mujeres en el lugar de objeto del deseo sexual masculino. Aspecto que en el actual sistema neo-liberal, los lenguajes de la publicidad y el mercado mediático promueve y trabaja para fines comerciales.
Violencia simbólica por la omisión de la palabra pública de las mujeres. Una reflexión acerca de las formas de producción de leyes que refieren al cuerpo de las mujeres se hace posible en este mismo contexto. La probable voluntad de legislar sobre el aborto terapéutico se lleva a cabo al margen de los cuerpos (de mujeres) sobre los que la ley tendrá efecto: una comisión mayoritariamente formada por hombres discutirá el proyecto de ley. Cito de un correo electrónico “Firmé la carta a los 5 senadores que decidirán por 8 millones de mujeres, ojalá que esto resulte por fin, es tan necesario, un abrazo querida!”
El mensaje habla de la forma como se constituyen los espacios de la legislación, y más particularmente de la promulgación de políticas públicas referidas al cuerpo de las mujeres. Una vez más se escenificará un espacio político donde las mujeres serán objetos y no sujetos de la ley. El sujeto de la ley permanece varón. Aquí vuelve a escenificarse una vieja pregunta por las mujeres y la política, o la actoría de las mujeres en las leyes que tienen un efecto directo en sus propias vidas. Biopolítica del poder que pone en escena una violencia simbólica naturalizada, la que otorga el lugar de la palabra y del saber al caduco sujeto universal masculino, hoy en crisis de representación por efecto de la diversidad de sujetos que escenifican lo social. En ese registro se pone en juego la producción de la ley como un acto de violencia aceptada que luego se sostiene con la fuerza de su aplicación.
La violencia simbólica expresada en el lenguaje de la producción de la ley es un aspecto mas de la violencia estructural con que la democracia neoliberal organiza su funcionamiento, re- produciendo jerarquizaciones de sujeto que sostiene desigualdades y exclusiones estructurales. La violencia así entendida es un dispositivo de poder que funciona con un amplio aparato de leyes, discursos, instituciones y formas sutiles y reales de mantención.
2.- La violencia real de los aparatos represivos y los cuerpos policiales.
De la violencia real dan cuenta con gran profusión de imágenes y discursos los medios de comunicación de masas, que en Chile, no está de más decirlo, están mayoritariamente en manos de la derecha económica que hoy tiene además el poder político. El discurso de los medios produce y exacerba hasta el extremo -deformando y satanizando- todas las formas de protesta y de lucha de los excluidos del sistema, los que aparecen transformados en monstruos políticos por sus actos, mientras la violencia ejercida por los cuerpos policiales queda en el ámbito del resguardo del orden ciudadano. Interesa examinar esta distinción, también como una producción de violencia simbólica.
Es en este contexto que se produce EL OTRO ABSOLUTO, inadmisible, marginal, lumpen, excluido total, que el lenguaje del poder producirá con la máxima violencia simbólica llamándolo encapuchado, terrorista, vándalo y transformándolo en responsable de la violencia pública, la que a su vez lo autoriza -al poder- para ejercer legítimamente la brutal violencia de los aparatos represivos que lo sostienen. El desconocimiento de la identidad -el rostro cubierto-, la procedencia urbana -el domicilio desconocido- , el espacio laboral -la cesantía- lo sitúan en la precariedad de una posición ciudadana posible de ser transformado en chivo expiatorio de las formas de resistencia que el poder rechaza. La otredad radical del encapuchado lo vuelve signo de una política sobre la que el sistema producirá su mayor violencia real y simbólica.
El vándalo, el encapuchado se levanta así como el monstruo biopolítico representativo de un radical rechazo al orden capitalista sostenido en una democracia no representativa de la ciudadanía. Pensarlo es pensarlo como síntoma de la violencia estructural con que el poder se sostiene, y no como la violencia en si misma con que los medios lo satanizan y convierten en culpable absoluto de la violencia. El poder siempre ha tenido necesidad de un monstruo, que es el otro más extremo de cualquier otredad reconocida. Lo ha sido el marxismo para las políticas de clase burguesa y, lo ha sido el feminismo para las políticas conservadoras de género.
Hoy día nos ha correspondido ver en las calles la voluntad política del discurso de la seguridad de separar el movimiento social en aquellos legitimados y aceptados - como movimiento pacífico - y quienes emergen construidos sin derecho a su expresión por estar en una otredad radical.
¿Quién es el otro del sistema capitalista y patriarcal que construye la democracia neo-liberal es la pregunta crítica necesaria que emerge en un momento de crisis en que el sistema da cuenta de toda su violencia para sostener sus intereses y privilegios? El otro radical se construye -como siempre- rarificado hasta lo más monstruoso. Es el mecanismo que el bio-poder ha utilizado siempre (Negri) para poder dejar caer sobre él su más extrema violencia.
El otro radical representa en el orden de la violencia el más marginado, el más rechazado, el más repudiado, por lo tanto objeto de una represión legitimada, sostenida por La Violencia comprendida como un dispositivo de los poderes.
16/5/2013
20/3/2013
15/11/2012