
Es lamentable que los medios de comunicación persistan en calificar hechos de violencia contra las mujeres como un tema pasional o de celos. También se tiende a decir, como opinó Felipe Camiroaga en “Buenos Días a Todos” (emisión del 21 de marzo pasado), que quienes lesionan a sus parejas incluso hasta provocarles la muerte, están más bien en un estado de enajenación mental.
El año 2001, un estudio de prevalencia realizado en las Regiones Metropolitana y de la Araucanía, comprobó que más del 50% de las mujeres entrevistadas reconoció vivir o haber vivido algún tipo de violencia (incluso violencia física grave) en su relación de pareja. Siguiendo el razonamiento anterior, ¿todos estos agresores estarían locos, o momentáneamente privados de razón? El riesgo de este argumento es que sea utilizado como eximente de responsabilidad penal y las causas reales queden ocultas. También fomenta la visión de que son las mujeres quienes, a través de su conducta, provocan una reacción violenta de sus parejas, especialmente cuando quieren romper el vínculo amoroso que alguna vez existió.
Es imperativo comprender, entonces, que las conductas agresivas se explican no por alteraciones mentales ni desencuentros amorosos, tampoco por lo que haga o deje de hacer la mujer, sino por su histórica posición de subordinación económica, social y cultural.
Las distintas violencias que afectan a la población femenina sin distingo de edad o clase social van desde la violencia conyugal, acoso, violaciones, amenazas y daño psicológico, hasta la violencia máxima que es el femicidio, es decir, asesinato de mujeres por el solo hecho de serlo. La palabra femicidio, que internacionalmente se ha instalado en el lenguaje cotidiano para reflejar esta realidad tan abominable que es el asesinato de mujeres por causas ligadas al género, en Chile lamentablemente se utiliza muy poco en los medios de comunicación, los que siguen ignorando las tendencias actuales de la investigación social y prefieren más bien la noticia amarillista que vende más.
No obstante, la naturalización social de la violencia contra las mujeres en los espacios públicos y privados contribuye a la perpetuación de este fenómeno. En ese sentido, y de acuerdo a su rol social, los medios de comunicación están obligados a servir de canal de denuncia y de impulsores de cambios culturales profundos. Por lo tanto, no es aceptable que continúen banalizando la información que entregan en estos y otros temas.