Cuando supe que Gisèle Pelicot escribiría un libro, me quedé desconcertada. Obviamente se trataría del caso que remeció a Francia y a todo el mundo: un hombre era acusado de facilitar la violación de su propia esposa por parte de otros hombres. No era uno o dos, eran cincuenta. No fue por un par de años, fue por al menos diez. Ya el caso en sí era desconcertante, pero me llamaba mucho la atención que ella tuviera cosas que decirnos, a todo el mundo, acerca de los crímenes de los cuales fue víctima.
Su esposo, a quien en el libro llama “señor Pelicot” utilizaba un medicamento para que durmiera profundamente, manteniéndose totalmente inconsciente durante los crímenes. No contento con ello, grababa las escenas de violación, lo cual, paradójicamente, fue el medio de prueba decisivo para condenar a los cincuenta y un victimarios.
La violencia contra las mujeres es siempre un asunto urgente: cambia vidas de forma radical, incide en nuestras maneras de ver el mundo, en nuestras oportunidades de desarrollo, en la forma de relacionarnos con los demás y con nosotras mismas. Nos sitúa constantemente en situaciones de riesgo; es estructural, es decir, no son hechos aislados, sino que son prácticas arraigadas en las costumbres, las instituciones y en las relaciones donde existe algún grado de poder. El sistema sexo-género es, en el fondo, una configuración del poder que se encuentra en todas las áreas de nuestras vidas.
A poco saber que Gisèle lanzaría un libro, me enteré de que su hija Caroline también había escrito uno. Durante mis vacaciones de verano de este año, leí una entrevista traducida del francés donde me sorprendieron muchas cosas del relato. No era una mujer deshecha, era una mujer que se hacía a sí misma con lo que hicieron de ella. De inmediato me llamó la atención la conciencia que había desarrollado sobre su proceso y a su vez, acerca de la violencia hacia las mujeres. Frases como “la vergüenza debe cambiar de bando” mostraba una reflexión que situaba el foco en los victimarios.
El libro intercala episodios de la infancia de Giséle, la vida con el señor Pelicot y el proceso judicial, los cargos, las pruebas, los sujetos enjuiciados y la mirada que percibía que otros tenían de ella. También aborda su situación familiar, y cómo esos diez años de sumisión química y violencia sexual se entrelazaban con situaciones aparentemente inconexas. La lectura es ágil y a la vez, presenta de forma muy cuidada la violencia sexual, sin morbo, sin detallar la crueldad de esos hechos. En todo momento, Gisèle se posiciona a partir de los buenos recuerdos, la vida buena que tuvo con el señor Pelicot, el amor que se tenían y cómo habían superado juntos las dificultades de sus vidas, pues sabe que eso la sostenía para no caer en anular todo lo que ella había decidido para sí misma.
“El caso de las violaciones de Mazán” es la manera en que la prensa caratuló los horribles hechos. Luego de cuatro meses de juicio, los cincuenta y un acusados fueron sentenciados en 2024 a penas efectivas entre 3 y 20 años -cadena perpetua en Francia – aunque con excepción de Dominique Pelicot, el único que recibió cadena perpetua, todos obtuvieron condenas menores a lo que solicitaba la representación de la familia.
En las poco más de doscientas páginas, Gisèle explica que se ponía una coraza para enfrentar las dificultades de la vida, pues su madre murió cuando era tan solo una niña. Para ella, descubrir los horrores a los que la sometía su marido, el amor de su vida, el padre de sus hijos era algo que tuvo que procesar, pero que casi de inmediato nombró violación. Así también lo hizo ver en el juicio cuando le tocó declarar, pues los jueces -en nombre de la presunción de inocencia -prefirieron adoptar el término “escenas de sexo”. No tiene recuerdos de los episodios, de lo contrario, dice, no hubiese soportado el proceso. Durante una década estuvo yendo de consulta en consulta para examinar su pérdida de memoria y problemas ginecológicos, sin sospechar de lo ocurrido ni interconectar ambas afecciones.
Dominique Pelicot era una persona normal: trabajaba, a veces lo despedían de sus trabajos, quiso ser independiente, era un abuelo amoroso, y con su hija Caroline se sentían muy unidos. Gisèle había sido su refugio luego de salir de su familia de origen, y juntos se habían ido a vivir a Mazán después de jubilar. Fue ahí en la total confianza de la vida construida juntos, donde comenzó a drogar a Gisèle, mientras la ofrecía para que otros hombres la violaran. En un supermercado grabó a chicas por debajo de la falda, razón por la cual lo detuvieron, se le confiscó el celular y la policía descubrió los crímenes.
Gisèle se convirtió en una mujer extraordinaria por circunstancias terribles. Ella reconoce que no es feminista, que su proyecto de vida era bastante conservador, sin embargo, recibió el apoyo de cientos de mujeres desconocidas, que solidarizaron con su dolor y la acompañaron en las jornadas del juicio. Aun así, una hermosa cita resume las herramientas que muchas feministas han desarrollado para que podamos nombrar lo innombrable: “Todos los días me dan las gracias por mi valentía. Quiero decirles que no es valentía, sino la voluntad y la determinación de hacer evolucionar esta sociedad patriarcal y machista”.
Por Priscila González Badilla, administradora pública, integrante de la coordinación nacional de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres.