(*) Texto escrito por Jacinta Egaña Kaulen, publicado originalmente aquí

No sé cómo empezar a escribir este texto. He escrito muchas veces sobre lo que ha significado esta experiencia en mi vida pero nunca con la intención que lo lean otras personas.  Creo que podría partir con lo mismo que le dije a cada una de las personas de mi familia hace un año y medio: “Cuando tenía entre catorce y dieciséis años, mi hermano Ismael Vidal  Kaulen abusó sexualmente de mí”. A la misma edad comencé a desarrollar una escoliosis  que según todos los traumatólogos que me vieron era de carácter idiopático, es decir, sin causa conocida.  

Me demoré mucho tiempo en entender y poder decir que lo que viví en muchas ocasiones  era abuso sexual. El abuso sexual cuando ocurre en un ambiente familiar, sobre todo de  personas como tu papá, abuelo o, en mi caso, mi hermano doce años mayor que yo, es algo muy confuso y difícil de identificar. Los violadores eran hombres desconocidos que te atacaban en la noche debajo de un puente o en una calle solitaria, no personas que quieres y que se supone que te cuidan. 

Cuando de adolescente ocurrieron todas estas situaciones decidí guardarlas en un rincón dentro mío y nunca hablarlas con nadie. Decir que habían ocurrido era una manera de darles entidad y yo solo quería olvidarme. Me daba mucho miedo que alguien se diera cuenta que eso estaba pasando. En más de una ocasión mi hermano me dijo que si yo se lo contaba a alguien él lo negaría “Voy a dejarte como loca, lo voy a negar todo, y tú sabes que me van a creer a mí, te van a encerrar”. También decía que esto lo hacía porque me quería, que si no fuéramos hermanos seríamos pareja, que si tuviera una hija quería que fuera como yo, que tenía fantasías cuando yo cumpliera 18 años y varias cosas que yo no sabía cómo entender. Las situaciones de abuso fueron tantas que no me dan ganas de contarlas, algunas fueron  mientras dormía, otras con él muy borracho. Durante mucho tiempo después, me seguía dando asco el olor a cerveza. Pude poner fin a las situaciones de abuso cuando tenía 16 años, le dije que no quería que siguiera haciendo eso. Me preguntó si era porque me daba vergüenza el que estuviera su novia en la pieza del lado, sólo me salió decirle “porque somos  hermanos y esto no está bien”. Tiempo después mi mamá y mi papá notaron que algo me pasaba y me mandaron a terapia. A raíz de esto mi hermano se enojó con mis padres, dijo que era horrible que me enviaran a una psicóloga y dejó de hablarles por más de un año. Yo  nunca le conté a esa terapeuta lo sucedido.

Borré todo y después de un tiempo seguí teniendo relación con él. Él vivía en Montevideo y lo visité. Creo que fue en esa misma visita que me dijo, como otras veces, que no creía que yo fuera lesbiana. Después comenzó a hablar de “todo lo que había pasado” hace años, me pidió perdón y dijo que cargaba con mucha culpa. Yo tenía 20, poca plata y un pasaje para irme en tres días más, salvo mi hermano y sus amigos no conocía a nadie en Uruguay. Básicamente, no tenía donde ir. Le dije que no se preocupara, que lo perdonaba, en ese momento no era capaz de hablar de eso. Acto seguido comenzó a desnudarse, pude detenerlo. Él no quería pedirme disculpas, quería medir si aún podía abusar de mí.

Me demoré años en asumir que lo que había pasado era violencia sexual. Cuando terminé el colegio, me fui a vivir sola a Buenos Aires. Una noche estando en Chile, me junté con un amigo a conversar y tomar cerveza. En un momento me dio un beso sin pedirme ningún tipo de consentimiento y luego agregó “fue de cariño, no es que quiera algo más”. Yo había golpeado a tipos que me habían corrido mano en el transporte público, había defendido a amigas a las que habían acosado en bares, respondía a cada cosa que me gritaba un hombre cuando iba en la calle, era activista feminista ¿por qué ante una persona que quería y con la que sentía confianza como mi supuesto amigo no era capaz de defenderme? Sólo me quedé callada, me despedí (nunca más quise tener contacto con esa persona) y me fui en el taxi acordándome de todo lo que había pasado con mi hermano años atrás.  

Mi silencio comenzó a fisurarse cuando me pude decir a mí misma lo que había pasado.

Meses después volví a Argentina y le conté a mi pareja de ese tiempo lo que me había pasado hace 10 años, fue a la primera persona a la que se lo pude decir, segunda fisura.

Un tiempo después le escribí un mail a mi hermano diciéndole que lo que había pasado era abuso sexual, que no quería tener nunca más relación con él, que yo no iba a hablar con nadie de la familia sobre esto porque sabía que para nuestra mamá enterarse le generaría mucho dolor. Mi hermano había vuelto a vivir en Chile y sería en pocos meses papá. Le exigí que trabajara consigo mismo para ser un mejor sujeto para su hija. Le dije que las feministas de las que tanto se reía (y trataba de feminazis) éramos las únicas que podíamos hacer algo para que su hija no viviera lo que yo había vivido. Y que, además, le advertí que tuviera mucho cuidado, porque aunque yo no vivía en Chile estaba muy pendiente de lo que ocurría con mis sobrinas. Su respuesta fue un mail lleno de culpa, diciendo que por años no podía dormir recordando todo lo que me había hecho, buscaba mi perdón para su tranquilidad mental, ninguna reflexión, ningún respeto a mi exigencia de no tener más contacto. Le envié un último mail donde entre otras cosas le decía que si quería mi perdón lo tenía, pero yo más que liberar su conciencia lo estaba invitando a una reflexión que evidentemente él no podía hacer. Hoy me doy cuenta que era algo que él no quería, ni quiere hacer. 

Ese año pude hablar de esto con amigas, amigos, amigues, con personas no tan cercanas, sentí lo alivianador que es no guardar el dolor dentro de ti. A finales del 2018, empecé terapia. También explotó el movimiento “Me too” en Argentina y en todo el mundo. Me pasé días leyendo declaraciones, escraches, testimonios de un montón de personas que habían vivido abuso sexual, sobre todo de familiares. Yo no quise escribir, no estaba lista, no quería que fuera un post en redes sociales, no quería abrirlo de esa forma, admiraba a todas quienes escribían pero yo no era capaz de hacerlo en ese momento. Me preguntaba ¿por qué? ¿Qué voy a sanar, qué voy a conseguir con eso? 

Empezando el 2019, cuando iba a volver a Chile, le conté a Lucía, mi hermana mayor que vive en Barcelona, lo que había pasado. Fue la primera persona de mi familia sanguínea a la que pude contarle, y aunque ella no estaba de acuerdo en que yo, por proteger a mi papá y mi mamá no hablara, respetó los tiempos de mi proceso. A veces, acompañar a alguien que ha vivido violencia es comerte la rabia de no poder hacer lo que te gustaría, ponerte a disposición de esa persona aunque no estés de acuerdo, asumir que lo que tú sientes no puede ir por sobre lo que la otra persona necesita. Contarle a mi hermana fue seguir resquebrajando mi silencio de otra forma: para mis amigues de Argentina, mi familia era un relato; para mi hermana era una realidad que ella también había vivido en carne propia. 

Revisando mi historia me he dado cuenta que mi manera de sanar y reconstruirme había sido escribir y hacer teatro, el abuso no me había dejado con problemas para vivir mi sexualidad pero sí con una gran confusión respecto a los límites y una incapacidad para mostrarme vulnerable. Cuando te hieren no quieres que vuelva a pasar porque duele muchísimo. 

Honrando lo que hice para sobrevivir (evitar mostrarme desbordada para evitar preguntas; ser capaz de seguir haciendo mi vida pese a todo) empecé a ver qué cosas constituían un hábito que ya no tenía sentido. Empecé a pensar que lo que yo había elegido como oficio, también podía ser un espacio para que personas pudieran trabajar sus heridas, mover su dolor y escribirlo. Inventé unos talleres de autodefensa, encuentros donde con ejercicios de escritura y teatro hacíamos lo que para mí era lo más defensivo que podíamos hacer: habitar la vulnerabilidad que sobrevivir a la violencia nos había negado, reconocer que necesitábamos a otras personas. Pienso y sigo investigando sobre cómo este puede ser un punto de partida sensible para la organización política.  

Me fui de Argentina, pasé más de un año viajando, haciendo teatro y facilitando estos y otros encuentros. Estuve en distintas ciudades hablando con seres disidentes y mujeres. Podía decir en una rueda de presentación ante personas desconocidas que había sobrevivido al abuso sexual. Era muy interesante el diálogo de cierre de esos encuentros: con muchas  personas de lugares y edades distintas podíamos hablar de esto y de sus historias. Seguir quebrando mi silencio a través de estos talleres, era asumir que con toda la mierda que había sentido yo quiero hacer cosas, ponerlo en movimiento con más gente. Asumir que no quería seguir sanando y viviéndome esto sola. 

Paradójicamente, los meses en Chile fueron una difícil gestión del silencio. Se trata de una gestión invisible, costosa si estás en el proceso de abrir algo en ti y que por protección debes cerrar de golpe. Es más trabajo mantener el silencio cuando en otros territorios de tu vida ya no hay lugar para él. Es un silencio con el ruido de muchas preguntas ¿Cómo evitar ver a mi  hermano y a la vez responder el interrogatorio incómodo de mi mamá? ¿Cómo poner límite a los intentos de él de verme si no lo puedo poner en evidencia? Pensaba en la hija de otros de mis hermanos que ya tenía casi diez años ¿Cómo cuidar a nuestra sobrina, que se encaminaba a la adolescencia, hija de otro hermano, que era ahijada de mi agresor y si lo  veía regularmente? Antes de irme hablé con ella, en ese momento faltaban dos meses para que cumpliera 10 años. Le dije que si alguna vez le pasaba algo raro, que no entendía, que la hacía sentir mal, algo que creía que no podía contarle a nadie, a mí me lo podía contar, que aunque no estuviera en Chile me podía escribir o llamar cuando necesitara. 

La pandemia me agarró en la casa de Lucía en Barcelona. A los dos meses de cuarentena y encierro mi hermano Ismael comunicó estar deprimido y con ganas de suicidarse. Mi familia pidió que Lucía y yo lo ayudáramos, a pesar de que él sentirse juzgado por nosotras “porque éramos feministas y creíamos que él era muy machista”. En ese momento decidí que tenía que contarlo. Me había pasado años fantaseando con que lo contaría después de enterrar a mi mamá, en el funeral de mi papá, como en las películas, quizás lo haría en otro viaje a Chile… nunca hay un momento idóneo para hablar. Nunca están las mejores condiciones. Nunca nadie va a estar preparado para escuchar lo que tienes que decir. Lucía y yo tuvimos una videollamada con mi hermano Sebastián, pude decirle mirando a una pantalla “cuando  tenía entre catorce y dieciséis años, Ismael abusó sexualmente de mí”. Escucharme decir eso lo hacía más cierto, era hacer un corte imborrable, era como si el silencio hubiera sido un papel que pudiera fácilmente rajar con las manos, pero por cómo me dolía la garganta cada vez que lo decía era como si lo estuviera destruyendo con mi voz. Lo conté muchas veces esos días, soy la menor de una familia de nueve hermanas y hermanos. Algunos son hijos del primer matrimonio de mi mamá, otras del primer matrimonio de mi papá y hay cuatro que somos hijas e hijos de les dos. Para contarle a todas y todos fueron muchas videollamadas.

En cada una se iba sumando alguien a quien se le había contado el día anterior. Es fuerte escuchar tu sonido y el impacto que genera, ver gente desmoronándose en una pantalla de zoom, que no puede salir de su casa porque está encerrada, que no puedes abrazar porque está a miles de kilómetros. A medida que mi relato iba tomando forma, veía caras  desfigurándose en la pantalla. Yo no le estaba pidiendo a nadie que me creyera, si alguien no lo hacía, pensé que serían personas que no valían mi afecto. Tampoco el esfuerzo que me implicaba revivir a través del relato algo que callé porque me habría encantado poder borrar. Yo nunca le pedí a mi familia que me creyera, les pedí que con esto hiciéramos algo.

Desde un inicio, todas las personas de mi familia me creyeron. Entonces iniciamos un proceso de reparación sin saber mucho cómo, yo tenía claridad en no querer escrachar-funar a mi  hermano, tampoco quería hacer una denuncia judicial. Más allá de lo inútiles y revictimizantes que pueden ser las instituciones ¿en qué me repararía a mí que él estuviera en una cárcel? ¿qué le aportaría a mi vida que muchas personas repudiaran su actuar? Para mí el sentido de romper este silencio no era que el único tema fuera lo horrible que había sido mi agresor. Para que se discutiera cómo hacerle daño, porque sí, a veces queremos que nuestros agresores sientan miedo, sientan al menos un poco de la mierda que nos hicieron sentir, que no duerman tranquilos. Pero para mí, ese no podía ser el centro.  

Yo develé esto porque quiero pensar junto a otras personas cuál fue el contexto de abuso, la responsabilidad de lo ocurrido es de mi hermano, pero ¿qué cosas y condiciones habían alrededor para posibilitarlo? En mi familia estaban creciendo niñes y más que poner todas las expectativas de mejora en la generación que viene, quiero que se críen en un contexto menos opresivo y violento que en el que crecimos nosotres. Para mí eso era reparar un poco las cosas. Yo no tenía nada roto que pudiera volver a funcionar como antes, como si tras unos arreglos las cosas quedaran como nuevas. Yo quería que las cosas se re-pararan, en el sentido de que se ubicaran distinto en el espacio, que pudiéramos orientarnos para mirar las  cosas desde otros puntos de vista. La miseria de mi abusador, el castigo, no es algo que me interese. Más que venganza, quiero que las personas agresoras tomen consciencia y vivan las consecuencias de su violencia. 

Acordamos iniciar un proceso de reparación que me tuviera a mí, la persona que sufrió la violencia, en el centro. Encontramos un libro-caja de herramientas del colectivo “Creative Interventions” recientemente traducido al español que nos sirvió de guía. No teníamos mayores referencias de cómo hacer esto y lo hicimos de forma autónoma, sin ayuda  profesional. ¿Qué sigue al drama del develamiento? ¿Cómo nos responsabilizamos ante todo lo que nos genera esta información? ¿Qué podemos hacer por fuera de las vías legales? Se abrieron muchas conversaciones, conjeturas, otros entendimientos para nuestras memorias.  Somos una familia con numerosas historias de abusos y violencias de las que estábamos empezando a hablar. Algunes comenzaron procesos terapeúticos. Escribí una serie de condiciones para Ismael, entre esas, que fuera a psicoterapia con une profesional que nosotres elijamos; que reconociera y se responsabilizara de las violencias que había cometido no sólo contra mí si no contra otras personas de este grupo; terminar con las violencias económicas hacia nuestra mamá; que dejara de consumir drogas y alcohol; que no fuera el cuidador principal de su hija; que nunca más y por ningún medio tuviera o intentara tener contacto conmigo; si su situación económica se lo permitía, que le  pagara todas las sesiones de psicoterapia a una persona que hubiera vivido violencia sexual. También pedía que con el resto del grupo, mantuviera una conversación periódica donde se pudiera acordar cómo continuar el proceso de reparación. Y  respecto a esas condiciones teníamos que ver cómo desarrollarlas. Si él no era el cuidador  principal de su hija ¿cómo nos hacíamos cargo para que el trabajo de cuidados no recayera sólo en su ex pareja? ¿Cómo comunicarle a ella todo esto? ¿Cómo trabajar en un proceso de reparación donde a la persona que ha ejercido violencia no se le exilia y castiga si no que se le ponen límites y se piensa colectivamente en una transformación? ¿Cómo comunicarle a él que ya todes sabían lo que había hecho? En medio de todo esto mi hermano P.V.K. y su esposa C.A.S. tuvieron la peor de las reacciones. Actuaron por el miedo, dijeron que mi hermano era un pedófilo, un monstruo, que había que denunciarlo, llamar a abogados, temían porque su hija de 11 años había pasado mucho tiempo con él. La primera vez que mi hermano abusó de mí, fue en la casa de P.V.K y C.A.S… Me pregunto por qué dejaban a su hija al  cuidado de una persona que era alcohólica, no fueron capaces de hacerse cargo de que su casa no era un espacio de seguridad. Me culparon a mí por no hablar antes, culparon a mi hermana Lucía por no contarles todo apenas lo supo. Violentaron a muchas personas de mi familia y pasando por alto mi decisión le contaron a Ismael (sin esperar que mi madre y padre hablaran con él como habíamos acordado colectivamente) y a su ex pareja lo que sabían.  

Ella decidió creer “la versión de Ismael” y rompió toda relación con mi familia, nunca más pudimos tener contacto con su hija J, mi sobrina. P.V.K. y C.A.S., después de salir del proceso y violentarnos por, básicamente no ir por una vía punitiva y con expectativas carcelarias, mantienen relación con Ismael. Prohibieron a algunas personas ver a su hija C., nos bloquearon de sus redes sociales, no podemos llamarla ni establecer contacto con ella. Le  mienten sistemáticamente a mi sobrina para explicarle por qué dejó de ver a sus abueles, primes y tíes. Han actuado como encubridores, en completa complicidad con un abusador, dejando que su hija mantenga contacto con ese monstruo terrible del que tanto temían. En ningún momento se han puesto en contacto conmigo para preguntarme cómo estoy o qué necesito, en los pocos intentos de comunicación me han infantilizado y dicho que estoy siendo manipulada, relato que les permite victimizarse. Aún me cuesta entender tanta distorsión de la realidad y poca empatía. 

Con el correr del tiempo, otras personas del grupo decidieron no participar del proceso, por muchos y distintos motivos: algunes no se sentían con la capacidad emocional para los encuentros, otres manifestaron no acordar con cómo estábamos haciendo las cosas, se fueron sin dar explicaciones o participaron sólo durante unos meses. 

Actualmente somos seis personas, que preferimos reconocernos como colectivo antes que como familia. Nos juntamos periódicamente por videollamada grupal (Yo vivo en México, mi hermana en Barcelona y los demás se encuentran en Chile) y trabajamos en este proceso que una vez abierto no tiene perspectiva de cerrarse. Cuando empiezas a hablar de violencia, es como sacar basura de un desagüe, sigue saliendo y parece interminable. Lo interesante es que no sólo pudimos hablar del abuso que yo viví, si no de todo lo que nos parece que fue autoritario, violento y urgente de transformar en cómo crecimos. La configuración de nuestras relaciones ha cambiado, las jerarquías por edad se han trastocado, la manera de mirar lo que pasó, el poder decirnos cosas que nunca nos dijimos. Hay personas de este grupo que crían niñes, mi hermana después de muchos años volvió a tener relación con mi papá a raíz de este proceso, hemos llorado juntes, he visto llorar más veces a mi papá de todo lo que lo vi en mi vida, hemos podido decir en voz alta lo que estuvo mal, lo que nos dañó, aunque reconocemos que en muchas cosas tenemos perspectivas diferentes. 

No puede darme más asco la familia unida, que muchas veces tiene como pegamento un montón de silencios y violencias permitidas. Creo que mi idea de familia es una familia rota, hay pedazos de ella con la que no me interesa relacionarme nunca más y eso está bien. Tenemos la forma de nuestras cicatrices, intentos de sutura y heridas que con el tiempo secan  pero siguen ahí. Hay un parentesco que siento con mis hermanos Felipe, Sebastián y Daniel, con mi hermana Lucía y con mi papá que no tiene que ver con la sangre, los apellidos y esas supuestas razones de valor. Creamos parentesco en el momento en que nos reconocemos parte de una historia vital común cargada de un montón de violencias estructurales que hay que transformar para que nuestras existencias y las de les niñes que nos rodeen sean más dignas, más justas, más posibles en todas sus diferencias.

Después de un año y medio de proceso, Ismael sigue sin reconocer y reparar lo que hizo. Tras muchas sesiones con un terapeuta que nosotres le conseguimos, se ha apropiado de un lenguaje más políticamente correcto, pero de fondo, no ha hecho nada para reparar. Sigue señalando que no es un abusador, que permitió que sucedieran cosas, no bebe alcohol, no  quiere suicidarse y permanece drogado con un cóctel de pastillas que le receta un psiquiatra. Es preocupante, pero sigue al cuidado de su hija. La vida de mi hermano aparentemente ha “mejorado” después de este proceso. Dice que le hace sentido el feminismo y no el hembrismo, y sigue esperando que el grupo le diga cómo reparar. Ante la petición que reconociera públicamente lo sucedido, dijo que las familias tenían problemas que no se tenían que hacer públicos porque muchas veces eran involuntarios. Dijo que hacer públicos los problemas familiares podría ser injusto o incómodo para quienes no han decidido tener conocimiento de ellos. Para él el abuso es un “problema familiar”. Tengo 28 años, la edad que mi hermano tenía cuando abusó de mí, a diferencia de cuando tenía 14, lo que hago hoy con mi vida es mi completa voluntad.

Me enrabia su apropiación de palabras, costó años de movimientos feministas y transfeministas señalar lo que nos ocurría como violencia, fue el trabajo de muchas personas poder nombrar abuso, agresión, reparación para que sean usadas de manera tan impune. Los supuestos aliados, los supuestos deconstruidos, sólo son capaces de usar nuestro lenguaje para no parecer incorrectos, porque tienen miedo de que se les cierren los espacios  y perder poder. Muchos no quieren ni tienen la humildad de hacer algo más profundo que hablar y refererirse diferente a las cosas. Soy una persona que ama demasiado las palabras como para que esta apropiación no me dé una profunda rabia.  

Me sigo preguntando qué hacer con esa rabia y ese dolor. Con nuestras heridas que en el mejor de los casos podrán devenir en cicatrices. Algunes amigues me preguntan ¿te ha servido de algo este proceso? Siento que sí. Me cuesta mirar algo de lo que tengo tan poca referencia en términos de éxito o fracaso, incluso si lo viera así, la transformación positiva de los agresores nunca puede ser el único indicador de éxito. Los avances de nuestros movimientos no pueden medirse en nuestros agresores, a veces incluso hay reacción y más violencia de vuelta. Entonces ¿qué cosas sí han sucedido más allá de las expectativas? Este proceso ha sido una oportunidad de ver transformarse un terreno que como transfeminista  había dado por muerto: la familia consanguínea. Ha sido dejar de cuidar a todo el mundo y  permitir que por un rato me cuiden, aunque me sigue costando. Ha sido dejar de sostener sola algo que creo que curvó mi eje, mi espalda, mi propia estructura. Lo que viví es imborrable, es como mi escoliosis. No es justo, pero la voy a tener siempre y tengo que aprender como vivir con eso. He aprendido a moverme escuchando mi dolor, sintiendo lo que no puedo hacer, pero sobre todo aprendiendo cómo moverme, bailar, hacer teatro sin que la escoliosis me limite, y para eso, no puedo ignorar que está ahí.

Decidí escribir este texto porque a diferencia de mi hermano, yo sí quiero que los problemas familiares se hagan públicos. Quiero que empecemos a hablar de esos primos, tíos, abuelos, padres, de esas personas de nuestras familias hacia las que sentimos afecto y ejercen violencia. Porque tenemos que tener la habilidad para responder ante estos silencios que se rompen, porque tenemos que generar las condiciones primero para que podamos hablar. Si yo hubiera crecido escuchando a mi mamá hablando de sus historias de abuso, quizás habría sabido nombrar lo que me estaba pasando. Quiero que se considere a les niñes como sujetos de derecho, como personas que pueden entender la realidad desde sus posibilidades, que a les adolescentes no les digan que todo lo que les pasa es una etapa. Que las personas adultas no opinemos de sus cuerpos y tengamos la humildad de escuchar y proteger. Quiero que mi hermano no siga estando al cuidado de su hija, que no siga trabajando con niñes, adolescentes y dirigiendo grupos de personas en las distintas productoras de publicidad  donde lo contratan, porque es una persona violenta, manipuladora y abusiva que fácilmente puede seguir dañando a otres. Quiero que las personas que vivimos violencia no tengamos que ser las únicas encargadas de soportar las consecuencias del daño. Quiero que los varones que gozan los privilegios de este sistema renuncien, se callen, trabajen y no se sienten a esperar cómodamente que les digamos qué hacer. Quiero que nos pongamos en el lugar incómodo de no tener idea cómo, de intentar vías más complejas y transformadoras que el castigo. Quiero mostrar cómo el develamiento de un abuso es algo mucho más  complejo que el momento en que tú lo escuchas, son años de un trabajo muy personal y por lo mismo es un tiempo que las instituciones son incapaces de contemplar en sus plazos normalizantes.  

Hoy escribo porque mi manera de sobrevivir ha sido la escritura y también para que sepas que si viviste algo así, no tienes el deber de hacer nada. Transitarlo y seguir llevando tu vida es muchísimo. Escribo porque Ismael, P.V.K. y C.A.S. siguen mintiendo, ejerciendo violencia y señalando que este proceso, una de las cosas más empoderantes que he podido hacer con esta parte de mi historia, es algo contra ellxs y que yo no elijo. Escribo para que un día mis sobrinas lean esto y sepan la verdad. Escribo porque quiero volver este texto una cicatriz visible, un tatuaje que me recuerde por qué lucho. Escribo para agradecer a todas las personas que han estado conmigo en este proceso*. Escribo porque es la forma más sincera que encuentro de estar en el mundo y porque es una bomba más al silencio que construí como habitación dentro mío, una habitación enorme en la que viví y que hoy no le sirve de refugio a nadie. Escribo porque quiero que alguien más se haga las preguntas que me estoy y nos estamos haciendo ¿Cómo construimos vías anti punitivas que no dejen sin responsabilidad a los agresores? ¿Cómo en estos procesos le damos espacio a nuestra rabia,  a nuestra angustia, a nuestros dolores? ¿Cómo trasladamos la violencia sexual del cuerpo de la víctima y la demonización del victimario a la responsabilidad comunitaria? ¿Cómo generamos y mantenemos prácticas de cuidado y apoyo emocional en torno a la persona sobreviviente, así como en torno a quienes participan del “primer círculo” en el proceso de  reparación? ¿Cómo hacer para que la persona sobreviviente sea el centro del proceso de reparación, sin revictimizarla ni sobrecargarla con las consecuencias del mismo proceso? ¿A  quién estás protegiendo con tu silencio? A mí me tomó 12 años entender que, como dijo Audre  Lorde, “nuestro trabajo es ahora más importante que nuestro silencio”.

Jacinta Egaña Kaulen, 12 de enero, 2022. 


Siéntete libre de publicar este texto en cualquier red social o medio, compartirlo y enviarlo a cuantas personas quieras. Uno de los sentidos al escribirlo, es que se difunda y sea leído.

Quiero agradecerle a distintas personas que me han acompañado en todo este tiempo. 

A todas mis amigas, amigos y amigues con quienes hablé esto en distintos sitios de Chile, México y Argentina (o en las virtualidades) por la escucha que sostiene, los abrazos, la complicidad en el dolor y todas las reflexiones y confesiones que se activaron. 

A las personas de mi familia que conforman este colectivo, les agradezco profundamente el apañe, por cuidarme y transitar juntes este proceso, con todo lo que nos activa, y en particular: 

A mi hermano Daniel Egaña Rojas, porque muchas personas cuando hay problemas se van, y él decidió acercarse y permanecer.

A mi hermano Felipe Egaña Kaulen, por su particular mezcla de sensibilidad y sensatez.

A mi hermano Sebastián Vidal Kaulen, por acompañarme incluso en el desacuerdo y la diferencia de visiones.

A mi papá, José Egaña Baraona, por tener el valor de mirarse, asumir los errores y hacer algo porque el presente sea distinto.  

A mi hermana Lucía Egaña Rojas, por estar incondicionalmente desde que la hice parte de este proceso, por respetar mis tiempos, mis decisiones, por transitar conmigo el espacio complejo de la familia consanguínea, por subvertir el dolor juntas con todo el amor y el cuidado de una ética transfeminista compartida y unas ganas profundas de transformar lo que nos daña. 

A mi mamá, que sin participar de este grupo, con su dolor y sus límites ha seguido acompañándome. 

A Andre, por todo este tiempo de profundo amor, por enseñarme a dejarme cuidar y el estar desde el cotidiano compartido, la amistad a distancias y la vida-proyectos juntes. 

A Heura, Jara, Ona, Moxe y Bruno, que me recibieron durante meses en su hogar en Barcelona y en unos de los momentos de mayor intensidad de este proceso, sin casi conocerme, me apañaron en muchísimos sentidos. 

A Cami, por ser la primera persona a la que pude contarle esto, por el amor de ese tiempo al escucharlo y el amor transformado de escucharnos en el presente.

A Milena Borgognone, mi psicóloga, por los años de acompañamiento terapéutico y despertar en mí, muchísimas preguntas que me han permitido trabajar esta parte de mi historia.

A la Red de Psicologxs Feministas de Argentina y a todas las personas que guían procesos terapéuticos y tienen el necesario y difícil trabajo de acompañar a personas sobrevivientes de violencia. 

A todas las personas que asistieron a los encuentros de los talleres “del cuerpo a la escritura, teatro físico para la autodefensa” y le pusieron el cuerpo, las memorias y las palabras a esta investigación sensible y colectiva.  

Al Colectivo “Creative Interventions” por sistematizar sus experiencias y difundirlas, fueron de gran inspiración y ayuda.

A Zara Simans y a quienes tradujeron el manual de “Creative interventions” al español. 

A todas las personas que alguna vez me contaron sus historias de sobrevivencia a las violencias, porque contándolo habilitaron en mí la posibilidad de fisurar mi propio silencio.

A todas las personas feministas y transfeministas que luchan todos los días para que esta realidad sea un poco más digna, justa y vivible.