Categoría: Mirada crítica

Sebastián Piñera, de la vergüenza nacional a la náusea

Otra vez Sebastián Piñera agrede a todas las mujeres chilenas, y lo hace como siempre, como el hombre egocéntrico y misógino que es: sin empatía, sin sensibilidad, sin inteligencia. Recordamos perfectamente cuando en 2011 repitió en una Cumbre de jefes de estado y de gobierno una estupidez similar, y si en esa ocasión produjo vergüenza nacional, esta vez nos provoca náuseas. Sólo puede ocurrírsele a un hombre como él invitar públicamente a “un juego muy entretenido”: ¿violar a mujeres que “se hacen las muertas”?

Es de esperar que el misógino Piñera haya atendido que frente a su pregunta ¿qué les parece muchachos? entre la concurrencia se escuchara “mal”, “mal”, con voces de mujeres.

1. Entre enero y abril de 2017, hombres han perpetrado 605 violaciones y, de ellos, sólo 99 han sido detenidos (Carabineros de Chile, Sistema AUPOL, 2017).

2. Entre enero y junio de 2017, hombres han perpetrado 37 femicidios. 37 mujeres ya no están con nosotras por el hecho de ser mujeres (Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres).

3. Entre marzo y abril de 2017 se realizó el juicio contra Mauricio Ortega por el femicidio frustrado a Nábila Rifo, que lo condenó a 26 años de prisión. Hoy, el mismo día en que Piñera agrede a las mujeres, la Corte Suprema ve la nulidad del juicio requerida por la defensa del condenado Mauricio Ortega.

4. Con la misma soltura con que Piñera se refiere e incita a la violencia contra las mujeres, el abogado Ricardo Flores, defensor de Mauricio Ortega, declaró que “habría salido, desde el punto de vista legal, más barato haberla matado que simplemente haberla dejado viva”, además de afirmar que fue sólo una conducta de violencia en la pareja.

5. Durante el mes que transcurrió en el juicio contra Mauricio Ortega, hombres perpetraron 10 femicidios, provocando cada vez esa sensación de náuseas que estamos sintiendo también hoy.

Sr. Piñera ¿es usted el ejemplo que siguen los hombres en nuestro país?

 

Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres
20 junio 2017

Contra la nulidad del juicio a Mauricio Ortega: decimos ¡No! a la revictimización

Nuevamente nos reuniremos fuera de la Corte Suprema el próximo martes 20 de junio a las 8 am para seguir acompañando a Nabila Rifo, para decir ¡No! A la nulidad del juicio a Mauricio Ortega ¡No! A la revictimización de Nabila ¡No! A la violencia institucional.

La nulidad de un juicio en términos simples es hacer como que el juicio nunca existió, como si nunca se hubiera realizado nada. Volver a exponer a Nabila a un nuevo juicio es violencia institucional. No solo porque el Estado chileno se ha comprometido a proteger la integridad de las mujeres a través de tratados internacionales, sino que también porque Nabila ya fue suficientemente violentada durante el proceso judicial que -recordemos- fue deficiente, vulneró su integridad como mujer y puso al descubierto aristas de su vida privada con el único afán de juzagarla y cuestionarla pública y moralmente. Además, debió soportar una defensa que se levantó a partir de argumentos misóginos y que, en vez de dedicarse a defender a Mauricio Ortega, se dedicó a atacarla y violentarla.

Mauricio Ortega bien condenado está. Nabila dijo que él fue, no tenemos por qué no creerle. Su palabra fue el principal argumento que tomó el tribunal de Coyhaique para definir su decisión y así es como debe ser: cuando las mujeres somos agredidas tenemos que decir lo que nos está pasando y, como sociedad, tenemos que creerles sino lo único que conseguimos es hacer que las mujeres nos quedemos calladas y la violencia machista se siga perpetuando.

Esperamos que la Corte Suprema no se haga cómplice de esta injusticia que se pretende cometer.

¡No a la violencia y misoginia institucional!

 

La “Mujer objeto de WOM”: estereotipos que consolidan la violencia

Por María Jesús Ibáñez Canelo

“Somos mujeres objetos” esa es la primera frase que aparece en los comerciales de la compañía de telefonía móvil WOM y lo que se lee en los carteles que se han distribuido por todos lados acompañados por modelos en cuerina. Y continúa la oración, “objeto de fortaleza”, “respeto” y “admiración”. Salen estas declaraciones y al unísono imágenes que en nada se condicen, excepto por la parte de “objeto”. “Nuestra lucha es ir por más” es otra de las expresiones vacías de la empresa que ahora aparece en gigantografías con mujeres estereotipadas, posando sexualizadas en pos del deseo masculino.

Siguiendo esa línea, en noviembre del año pasado una empresa del retail decidió estampar y vender poleras con la frase “#Niunamenos”, el hashtag que se tomó las redes sociales en repudio a los femicidios y otras expresiones de la violencia machista en América Latina; y desde hace ya bastante tiempo que otras tantas marcas que se han forjado delineando el “ser mujer” desde la instalación y reproducción del estereotipo de “la joven, delgada y sexy (o cambie este último por madre)” de manera solapada han comenzado a revestir estos mismos mensajes con frases como “porque me siento bien” o “porque yo lo valgo”, en una alusión superficial, tergiversada y vacía de la reivindicación de las mujeres. Al final, publicidad que ha caído en colgarse de anuncios “feministas” o de “mujer empoderada” con productos y prácticas que están lejos de serlo o de avanzar hacia aquello. Porque, perdón, pero ¿acaso estas marcas dejaron de responder al ideal de belleza masculino en su publicidad?, ¿las empresas detrás de esta publicidad se han mirado de forma autocrítica y ahora trabajan por derribar los estereotipos que consolidan la violencia de género?, ¿el sexismo es un tema que se aborda en sus equipos creativos?, ¿la perspectiva de género ahora también aplica en la constitución del directorio y demás estructuras de sus empresas? Resulta que no nos hemos enterado de aquello. Lo que sí sabemos es que éstas, con sus reivindicaciones de estereotipos, siguen echando combustible a la máquina de la violencia simbólica que tanto daño ya nos ha hecho.

Cuando mujeres aparecen en nuestros televisores diciendo que ahora se sienten mejor con ellas mismas porque se mantienen “en línea”, porque la crema que utilizan les reafirma las piernas y las deja listas para una jornada larga de trabajo, el cereal que comen les permite usar ese vestido de dos tallas menos que tanto anhelaban, el desodorante les quita esas manchas que antes no las dejaba salir con la ropa que querían, y los nuevos productos de limpieza ahora les da tiempo para trabajar, cuidar a sus hijos y no desatender la ropa, ¿debemos creer que estamos ante representaciones nuevas de las mujeres? ¿Que la publicidad ha cambiado? En lo absoluto.

 

¿Hay excepciones? Sí, pero eso son, excepciones en un mar de mensajes que a diario invaden a niños, niñas, mujeres y hombres. Discursos que les dicen a las niñas que en esta sociedad para ser valoradas deben hacerlo a través de su imagen o en su futuro -y ya preparado- rol de madres o cuidadoras. Discursos que impactan en los referentes con los que cuenta la sociedad, particularmente, en el caso de niñas y mujeres que no suelen ver a otras ocupando lugares de expertas y de opinión -a menos que sea del hogar, la crianza o la belleza-, o incluso hablando, a menos que sea recomendando productos de las áreas ya mencionadas. Y aún más importante, ¿dónde está la diversidad de mujeres que vemos en nuestra cotidianeidad? ¿Dónde se inspiran las niñas, jóvenes y mujeres si en las pantallas, donde cada vez pasan más tiempo, sólo les hablan y se las asocia con belleza, casa, maternidad, seducción y postergación?

Comerciales, gigantografias, pantallazos, logos y contratapas donde a las mujeres se nos cosifica y se nos presenta como objetos de consumo masculino hipersexualizados, no hacen sino avanzar en la mantención del continuo de la violencia machista, donde el ser reconocidas como objeto es uno de los primeros pasos también a la subordinación, discriminación y otros tipos de violencias. En Chile, el 30% de las niñas y adolescentes declara haber dejado de hacer alguna actividad por haberse sentido mal con su apariencia, el 60% de las niñas está tan preocupada por su apariencia que no participa en actividades importantes de la vida y teme dar su opinión o participar en equipos deportivos, un 36% asegura haberse sentido mal con su imagen y un 47% haber sentido presión por verse “más linda” (estudio realizado por el Programa para la Autoestima de la ONU).

Chile sigue sin contar con una ley que reconozca la violencia simbólica, particularmente en el marco de la discriminación de género. El Gobierno envió a finales del año pasado la iniciativa de ley que establece el derecho de las mujeres a una vida libre de violencia (boletín 11077), donde se incluye este ámbito, no obstante, el proyecto -que recoge estándares de tratados e instrumentos internacionales que Chile firmó hace más de 20 años, como la Convención de Belém do Pará- continúa en su primer trámite constitucional.

Mientras tanto la publicidad sigue bajo la autorregulación a través del Consejo de Autorregulación y Ética Publicitaria (Conar), una corporación de derecho privado sin fines de lucro cuya mayor potestad es recomendar y buscar acuerdos entre las partes. Es decir, un tema que queda en voluntades.

Sólo un ejemplo. “Les informamos que WOM no le reconoce competencia al CONAR” esta fue una de las últimas respuestas que entregó la compañía de telefonía móvil al reclamo contra su publicidad que parodiaba el “episodio de la muñeca inflable”. En otras palabras, la respuesta de una empresa que por undécima vez cosifica y sexualiza a las mujeres, además de banalizar un hecho complejo de violencia.

Por todo lo anterior, no. La publicidad no ha dejado de ser un espacio y un instrumento relevante de la reproducción de la cultura patriarcal. Hombre-cultura/mujer-naturaleza; hombre-espacio público/ mujeres-espacio privado; y razones masculinas/pasiones femeninas, siguen siendo pautas culturales binaristas que podemos hallar en la base de los discursos de la publicidad que nos acompaña a diario. Es decir, las mismas que  se reproducían en revistas del siglo XX, como “Margarita”. Porque es cierto, el mero paso del tiempo no cambia las mentalidades, no si no visibilizamos las propias transformaciones que las feministas y organizaciones de mujeres hemos estado produciendo. No es menor recordar que muchas publicidades sexistas han sido bajadas gracias a la manifestación y denuncia que muchas hemos realizado. Sin embargo, todavía queda mucho por hacer. Porque: la pasta sigue siendo de mamá; los guantes de cocina continúan presentados como “la segunda piel” de las mujeres; las cervezas todavía no aparecen sobre una mesa, sino que son sostenidas por mujeres en trajes de baño diminutos, y suma y sigue.

 

El drama de Nabila no es inteligible para un juez de las cavernas

El drama de Nabila no es inteligible para un juez de las cavernas

Juez Luis Rolando del Río

Por María Isabel Matamala Vivaldi, médica feminista, Observatorio de Equidad de Género en Salud.

Columna publicada originalemente en www.primerapiedra.cl el 24 de abril de 2017


Un juez del siglo XXI que no esté empapado con los contenidos de todos los instrumentos básicos del Derecho Internacional de los Derechos Humanos, no cuenta con la capacidad para formular veredictos o sentencias. Está impedido de dilucidar en la realidad de las vidas personales, las causas primarias de las violencias en sus intersecciones de género, clase, etnia, entre otras.

Un juez del siglo XXI que no ha leído con detención la Convención para la Eliminación de todas las Formas de Discriminación Contra la Mujer, CEDAW, no posee la amplitud de mirada necesaria en la actualidad para poder identificar con precisión las vulneraciones a los derechos humanos de las mujeres por el sólo hecho de ser mujeres, y a partir de ese enfoque, fallar en consecuencia.

Para un juez del siglo XXI que ejerce en América Latina y Caribe, es injustificable no haber internalizado los contenidos de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia Contra la Mujer, o Convención de Belem do Pará, en circunstancias que la tendencia femicida ascendente y el ensañamiento machista contra los cuerpos de las mujeres es cada vez más feroz. A pesar de lo cual, la impunidad sigue siendo la norma.

Un juez del siglo XXI necesita trabajar sin cesar su trama subjetiva intentando deconstruir sus propias estructuras patriarcales, porque sabe que en los países de nuestra región, desde su más temprana infancia los varones han sido socializados para ocupar el estrato jerárquico de poder, por sobre las otras, aquellas que ocupan el estrato subalterno: las mujeres. Socialización que construye jerarquías de género, inundando pensamientos, sentimientos, certezas y prácticas; limitando o impidiendo nexos intersubjetivos con las mujeres en condiciones de efectiva igualdad y reconocimiento. Son subjetividades que propenden a la subvaloración, la sospecha, la demonización.

Un juez de este siglo que no haya incursionado en las ciencias sociales para conocer las causas de los procesos cíclicos que deben vivenciar las mujeres víctimas de violencia por parte de sus parejas, incluidos los paradójicos procesos de desistimiento una vez que han decidido hablar y denunciar, está desarmado para comprender y sopesar sabiamente los intrincados vericuetos de los discursos y conductas de las mujeres cuyas existencias se han debatido entre la ilusión de amor y el temor a que el ser amado llegue a casa después del trabajo. No sabe que ellas fueron programadas para vivir el amor romántico, sin que se les advirtiera que éste también podía traer consigo golpes, enucleación de ojos, desmembramientos o muerte. No sabe que, construidas simbólica, normativa y subjetivamente para cuidar a otros y otras, esas mujeres priorizan por su prole, en desmedro de ellas mismas. Y si no sabe tantas cosas, ese juez, ¿cómo puede emitir sentencias justas en materia de violencia hacia las mujeres erguido desde su analfabetismo?

Un juez del siglo XXI que no ha incorporado en sus marcos de análisis los Derechos Sexuales y Reproductivos, no está en condiciones de ponderar adecuadamente las acciones que promueven o que impiden decisiones libres, sin coacción, en relación con la sexualidad y reproducción de las personas, especialmente de las mujeres y las niñas.

En consecuencia, se dejará llevar por los prejuicios que ubican a las mujeres en lugares de cautiverio sexual, impuestos en nuestros colonizados países desde la Conquista mediante códigos marianos implacables.

Ese juez por ser tal, ocupa un lugar de privilegio en este siglo, pero es más bien un juez de las cavernas y nada tendría que hacer en un juicio como el de Nabila en Coyhaique, o en los juicios de cualquiera de aquellas miles de mujeres violentadas cuyas vidas están en riesgo cotidiano en este Chile patriarcal.