Tribunal de Conciencia para Mujeres en El Salvador y Nicaragua

Desde comienzos de la década de los 90’ alrededor del mundo se vienen realizando tribunales simbólicos por parte de las organizaciones de derechos humanos y particularmente por el movimiento feminista, como una estrategia para contrarrestar la invisibilidad e impunidad que caracteriza a la violación de derechos humanos de las mujeres. En estas instancias se testifica la experiencia y resistencia de las mujeres ante la violencia machista y misógena en sus infinitas expresiones: guerra, etnocentrismo y fundamentalismo; ante el racismo, la pobreza, el hambre, las políticas económicas, y en su lucha a favor de la mejora de condiciones de trabajo y de salario, del derechos a la tierra, por la paz, entre otros asuntos.(1)

Tribunal de Conciencia para Mujeres en El  Salvador y Nicaragua


Esta versión del tribunal de conciencia –el segundo de su tipo que se realiza en El Salvador- fue organizada por la Red Feminista frente a la Violencia contra las mujeres El Salvador y la Red de Mujeres contra la Violencia de Nicaragua con financiamiento de la Unión Europea, PNUD de El Salvador, Fundación Ford, Flow y Alianza por la Solidaridad y estuvo compuesto por especialistas y activistas con amplia experiencia en la lucha por la erradicación de La violencia contra las mujeres. Las juzgadoras de conciencia fueron Isabel Agatón del CI JUSTICIA, de Colombia; Karla Micheell Salas, presidenta de Asociación de Abogados Democráticos, ANAD, México y María Eugenia Solís, Defensora de Derechos Humanos, Guatemala, quienes establecieron la sentencia y condena a los estados involucrados. Los peritajes estuvieron a cargo de la psicóloga Marta Velásquez, Universidad Tecnológica de El Salvador; la economista salvadoreña y Defensora de Derechos Humanos Julia Evelyn Martínez; la antropóloga chilena Paula Santana Nazarit de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres y la Red de Género de ALAMES; la socióloga estadounidense Jocelyn Viterna, de la Universidad de Harvard. Sus informes permitieron dimensionar el carácter estructural del contexto en que se dieron las situaciones de violencia presentadas y que son comunes a la violencia machista.

Hubo también testigos honorarios, destacando la participación del Procurador de Derechos Humanos de El Salvador. El público estuvo compuesto por alrededor de 200 personas, de organizaciones de mujeres, feministas, sociales y funcionarios/as de distintas dependencias del sistema judicial del país anfitrión.

Las mujeres cuyas historias se expusieron en este tribunal no estuvieron presentes por temor a ser nuevamente atacadas, no sólo por el agresor sino por el estado y sus instituciones que en vez de protegerlas, ha sido parte del abuso y la violencia.

Simbólicamente se les dejó un lugar para ellas en el estrado y en su lugar, representantes de las organizadoras relataron los hechos. Se presentaron cuatro “casos”, tres de mujeres salvadoreñas y uno de una nicaragüense: una mujer fue quemada por su ex pareja en un intento de asesinato delante de los hijos, una mujer fue violada desde los 16 años por su padre de quien tuvo un hijo que ahora tiene 8 años, una mujer que fue asesinada por su pareja meses después de haber sido agredida y amenazada, y una niña violada reiteradamente por el abuelo político para quien se le dio condena de arresto domiciliario.

El tribunal es la puesta en escena de un juicio público a las instituciones del estado, es una performance. Durante todo el desarrollo se observan los rostros y expresiones de indignación en el público, como si estuvieran escuchando situaciones irreales, como si fuera una película o algo que ocurre en otro lado (¡como puede ser!). Invade una extraña y contradictoria sensación, entre la emoción de imaginar cómo sería el mundo si hubiera justicia, y la desesperanza, al ver que ha sido necesario llegar a instalar un espectáculo ficticio para remover algunas conciencias y voluntades. Es una acción cargada de simbolismo y profundamente irónica. Es tan grave la situación de la violencia hacia las mujeres, tan lejana la posibilidad de, al menos disminuirla, que hemos tenido que llegar a crearnos un escenario imaginario e inexistente. Pero al mismo tiempo, es un buen ejercicio que muestra el mundo al revés, al que estamos acostumbradas/os, que tiene nuestras mentes paralizadas, rígidas, anestesiadas, domesticadas, por la naturalización de las desigualdades y opresiones. Mirar, a través de este espectáculo, las atrocidades que han padecido algunas mujeres y las aberrantes actuaciones del estado, conmueve.

Este tribunal de conciencia apuntó a generar un impacto en las instituciones del estado, a enmendar cuando sea posible las injusticias cometidas contra estas mujeres concretas, a señalar y sancionar a quienes –con nombre y apellido- están obstruyendo el funcionamiento del sistema judicial y a impulsar pequeños cambios y reformas que ayuden a no cometer los mismos errores (cuando son errores y no actos deliberados). Esto se logró, al menos eso indican las declaraciones de buenas intenciones de las instituciones presentes.

La sentencia de las juzgadoras fue categórica: CONDENA a los Estados de El Salvador y Nicaragua por las graves violaciones a los derechos humanos de las mujeres y las niñas a la justicia, la verdad, a vivir una vida libre de violencias y discriminación, por la tolerancia y omisión de la violencia, entre otras recomendaciones.

La potencia simbólica de este tipo de acciones puede trascender el ámbito institucional. Quienes mejor que las propias mujeres, con sus experiencias, saberes y conocimientos sobre la violencia que viven. No hay voces más expertas que nosotras mismas. No sólo exigirle al sistema que funcione sino a la sociedad toda, un tribunal donde además de emular al sistema judicial y evidenciar sus aberraciones, se apunte a la responsabilidad social de parar un problema que es individual y colectivo, personal y político.

(1) Para ver la sentencia completa, pincha aquí